Desde 2020, el Premio Estímulo a la Escritura distingue proyectos en proceso. Seis años después, varios de aquellos borradores se convirtieron en novelas, películas y obras de teatro. Otros siguen buscando su forma, pero para muchos de sus autores el verdadero premio fue haber podido continuar.
Hay algo paradójico en premiar una obra que todavía no está terminada. En general, los lauros llegan después: cuando el libro se publicó, la película se estrenó o la obra de teatro subió al escenario. El Premio Estímulo a la Escritura “Todos los tiempos el tiempo” celebra lo contrario. Desde su primera edición en 2020 apuesta a las obras inconclusas para que puedan seguir desarrollándose, acompañando a los autores en ese momento crucial en el que las contingencias de la vida esquivan su final.
La pregunta, entonces, no es solo quién ganó, sino qué obras sobrevivieron al entusiasmo de la premiación, cuáles cambiaron de forma, cuáles llegaron a las librerías o a los escenarios y cuáles todavía están buscando su destino. Los casos que siguen son solo algunos ejemplos de la proyección que tuvieron, a lo largo de estos años, obras ganadoras y mencionadas, y de cómo el reconocimiento del Premio impactó en las trayectorias de sus autores.
La primera edición ofrece una respuesta contundente. Valentino Cappelloni había ganado en la categoría Ficción con El silencio de los dioses, una serie de relatos de ciencia ficción que dos años después apareció, publicada por Orsai, transformada en otro libro: El museo de la memoria humana. Ya no eran siete relatos, sino ocho, y el proceso de escritura había implicado nuevas versiones y un trabajo de taller. El propio Cappelloni reconoció más tarde que probablemente sin el premio no habría trabajado tanto el texto, o incluso no lo habría terminado. El dinero, pero también la legitimidad de haber resultado elegido y la posibilidad de mostrar su escritura a otros lectores, le dieron una razón para continuar.
Algo parecido, aunque mucho más lento, ocurrió con Lucas Mertehikian. Su investigación Vidas en tránsito. Ensayos sobre pasaportes, también premiada en 2020, tardó cinco años en encontrar su forma definitiva. En 2025, la editorial Mardulce publicó el trabajo que había comenzado alrededor de los documentos de viaje, las migraciones y la propia experiencia del autor y que, antes de convertirse en libro, se había presentado bajo el formato de una exhibición. Mertehikian contó que haber ganado le dio tiempo para escribir y, sobre todo, sus primeros lectores. La publicación llegó mucho después de la ceremonia, pero el certamen ya había alcanzado uno de sus objetivos principales, el de mantener abierta la escritura.
En aquella primera edición destacó otro caso que permite ampliar la pregunta más allá de los ganadores. Ingrid Pokropek recibió una mención por A, ante, bajo. La historia siguió creciendo hasta convertirse en Los tonos mayores, su primer largometraje como directora, estrenado en el Festival de Mar del Plata y con un posterior recorrido internacional.
En un año Metrochenta, de José Guerrero, ganadora en la categoría Dramaturgia en 2021, pasó del estado de work in progress a su estreno en Timbre 4. El premio había servido para financiar precisamente ese pasaje: escribir, revisar y poner a prueba el texto hasta que pudiera encontrarse con los actores y el público. En 2022, Gabriela Larralde ganó con La india sirena en la categoría Narrativa. Cuando la novela llegó a las librerías lo hizo con otro nombre, La pez, pero conservando el núcleo de la historia -el encuentro fortuito entre los conquistadores y una mujer indígena de rasgos anfibios-, demostrando hasta qué punto un premio a una obra en proceso no premia una forma definitiva.
Algo similar sucedió en 2023 con Giuliana Migale Rocco, ganadora en la misma categoría por Algo, publicado luego con el título Las cosas menores. El manuscrito encontró una editorial, Tenemos las Máquinas, y una nueva forma. Campera es una obra de teatro escrita por Rocío Muñoz, galardonada en 2023 en la categoría de Dramaturgia y presentada hasta hace pocos meses en el circuito teatral de Buenos Aires.
En 2024, el Premio volvió a ampliar su convocatoria: 1298 autores presentaron trabajos. Desde la perspectiva de hoy, el tiempo transcurrido obliga a leer el balance de otra manera porque, dos años después, puede ser demasiado pronto para medir el impacto del premio. Sin embargo, hay señales. Renzo Cozza, por ejemplo, ganó con El profesor de música. En 2025, la película apareció en Márgenes/Work y hoy figura como su primer largometraje de ficción, con Cozza como director y guionista. La película también fue seleccionada para el laboratorio y el circuito de Márgenes.
Todo eso permite mirar de otra manera la edición 2025. Santiago Menconi ganó en la categoría Dramaturgia con El ascenso del hombre en shock; Manuel Ferrari, por el guion de Pampa; Matías Lucadamo obtuvo el premio de Narrativa con Malentendido; y Mara Speranza ganó en Narrativa breve con Tres horizontes. Para ellos, el “día después” es, literalmente, el presente. Quizás por eso el verdadero balance del Premio no esté en la cantidad de ganadores que publicaron, filmaron o estrenaron, sino cuántos autores pudieron seguir trabajando con la certeza – cuando todavía no había un libro, una película ni una obra terminada- que valía la pena seguir intentándolo.
