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Sobre la importancia de las tormentas

Traducida al mandarin, la película dirigida por Miguel de Zuviría y escrita junto con Tomás Guiñazú obtuvo un galardón durante la última edición del Hainan Island International Film Festival celebrado en China. El guion fue beneficiario de la clínica de escritura realizada en el marco del Premio Estímulo 2023.

Recién premiada en el 7º Hainan Island International Film Festival, celebrado en la ciudad china de Sanya, Lo que trajo la tormenta condensa una paradoja que atraviesa tanto su argumento (y nunca mejor elegido el título) como su propio derrotero. 

El guion, que parte de una ruptura sentimental para reflexionar sobre la crisis personal como factor de cambio, se inscribe en esa dinámica de inestabilidad creativa que da sentido al Premio Estímulo, surgido con el objetivo de impulsar obras literarias en proceso y acompañar a los autores hasta su conclusión. El reconocimiento que acaba de recibir la película dirigida por Miguel de Zuviría, y escrita junto a Tomás Guiñazú, ganadora de la primera edición de este certamen en la categoría Guion, hace visible ese recorrido y confirma que aquello que comienza en la incertidumbre puede encontrar, precisamente allí, su potencia transformadora.  

La trama aborda una etapa en la vida de un joven artista que luego de una ruptura sentimental se ve obligado a replantear su proyecto laboral de los últimos años. En ese momento de quiebre, Manuel decide instalarse en un pueblo costero para enfocarse en su trabajo de grabación sonora. Durante ese paréntesis frente al mar su visión del futuro cambia luego de un hecho inesperado que irrumpe en la playa y modifica el curso de la historia. A muy poco de estrenarse en la Argentina, los autores comparten los detalles de ese largo viaje entre la obra en ciernes y este final feliz.

¿Cuándo y cómo surge el proyecto de escribir juntos esta obra y cómo llegan a participar en el Premio Estímulo?

MDZ: La idea de escribir juntos surgió al comienzo del proceso. Al principio habíamos armado una rutina: Tomás y yo nos juntábamos una vez por semana para que cada uno escribiera su propio guion. No sé muy bien cómo avanzaba el guion de Tomás, pero yo iba y venía con las primeras páginas, reescribiéndolas una y mil veces. Ese esquema duró poco. Rápidamente fuimos dejando de lado nuestros proyectos individuales para dar prioridad a las charlas que surgían en esos encuentros en torno a un guion común, que terminó siendo Lo que trajo la tormenta. No era la primera vez que trabajábamos así. Un par de años antes ya habíamos escrito y dirigido juntos el cortometraje Corresponsal francés, y ahí nos habíamos entendido muy bien. En ese proceso alternamos largas conversaciones, de las que aparecían nuevas ideas que después se volcaban en la escritura, con momentos en los que uno escribía solo y que después el otro leía para sugerir cambios que a veces quedaban, otras no. La escritura de Lo que trajo la tormenta fue muy similar. Aunque al principio no estaba en los planes escribirla juntos, el trabajo compartido se fue imponiendo de forma orgánica, casi inevitable.

¿Qué elementos de la versión inicial presentada en el Premio Estímulo funcionaron como punto de partida del proyecto audiovisual y cuáles se transformaron al pasar al cine?

MDZ: La verdad es que yo tenía mucha confianza en el material que habíamos presentado en el Premio Estímulo, que correspondía a la primera mitad de la película. Esa parte ya estaba en plena preproducción para filmar en diciembre de 2023, un tiempo antes de saber que íbamos a quedar finalistas en Todos los tiempos el tiempo. En esa primera mitad casi no hubo cambios. Obviamente, en el trabajo de montaje de las escenas y secuencias, fueron apareciendo ideas nuevas, más ligadas a la puesta en escena, que ajustaron algunas cosas: se sumaron elementos y, en muchos casos, se acortaron las escenas. Después de ese primer rodaje empezaron las tutorías con Daniel Link. Ahí el trabajo estuvo puesto en la segunda parte del guion, que era la que me generaba más dudas y sobre la que no tenía la misma seguridad. A partir de esas devoluciones, esa segunda parte cambió por completo: se mantuvo cierta esencia de lo que pasaba originalmente —sobre todo aquello que transcurría en el pueblo costero—, pero el resto se fue reescribiendo a medida que se iba filmando.

¿Cuál es el origen de la historia? ¿Qué criterios guiaron las principales decisiones narrativas del guión? 

TG: El origen fue una imagen que se le ocurrió a Miguel, que no puedo contar porque sería un spoiler. En esa imagen había una persona, pero no había todavía una edad ni sexo, ni siquiera un relato que la sostuviera. Tampoco tenía un lugar claro dentro de la película.

Encontrarle un lugar a esa imagen —aunque fuera provisorio— fue una de las primeras tareas de la escritura. Después apareció un segundo objetivo, bastante concreto, que consistía en pasar las veinte páginas. Hacía tiempo que Miguel venía escribiendo y siempre, antes de llegar a las veinte, cambiaba de idea. Entonces para mí fue casi un juego: convencerlo de que estábamos escribiendo algo bueno hasta que pasáramos las primeras veinte. Eso le dio fuerza al material y nos permitió ver que ahí había una película posible.

Nos juntábamos; yo le hacía preguntas sobre lo que se imaginaba y a partir de eso sugería posibilidades: características de personajes, direcciones argumentales, cosas así.

Conversábamos, llegábamos a algún acuerdo y escribíamos. Más adelante, con la escritura ya avanzada, armamos la estructura de la película con todo lo que teníamos y bocetamos lo que seguía. Pero, incluso ahí, el proceso fue siempre el mismo: descubrir la película que estábamos escribiendo y reescribir a partir de eso.

¿Qué lugar ocupa el conflicto personal del protagonista dentro de la estructura del relato y cómo dialoga con su propio proceso creativo?

TG: La película tiene dos líneas argumentales muy claras. Por un lado, todo lo que tiene que ver con el trabajo y un proyecto personal. Y por otro, una línea amorosa que entra en tensión con eso y que, además, implica un proyecto compartido. Esa disputa es, de alguna manera, el conflicto que enfrenta Manuel. Lo interesante es que todo sucede en un lapso muy corto de tiempo: una semana, diez días antes de Navidad. Entonces vemos cómo se acumulan dudas y problemas en un momento especialmente sensible, donde todo parece estar siempre a punto de explotar. Y Manuel no encuentra una salida hasta que ocurre algo —¡que no puedo contar!— que reconfigura por completo la situación.

¿Qué papel cumple en la construcción del clima y del recorrido del personaje ese pueblo costero en el que se aloja por un tiempo?

MDZ: Ese pueblo costero forma parte de la génesis del proyecto. Desde el principio sabíamos que era un lugar al que queríamos llegar. Por un lado, está esa imagen que mencionó Tomás —algo extraordinario que sucede en la playa y que tampoco voy a contar— y que funcionaba como una meta mientras escribíamos. Nos interesaba mucho pensar en la naturaleza como un elemento vivo y amenazante. Y después estaba la imagen del faro, que aparece casi naturalmente cuando pensás en un pueblo costero. Esa idea visual está a lo largo de toda la película. Por otro lado, el pueblo costero fue pensado como un lugar corrido del tiempo y espacio actuales, con otros ritmos y otras prioridades, muy distintos a los de la ciudad. Para trabajar ese clima y a sus habitantes, tuvimos siempre una referencia muy clara que fue El hombre sin pasado, de Aki Kaurismäki. Esa idea de una comunidad que, sin pedir nada a cambio, colabora de manera desinteresada y simplemente hace el bien, fue clave para el tono que buscábamos. Los personajes están ahí para ayudar y disfrutan del simple hecho de acompañar a Manuel, que aparece como una novedad en sus vidas.

¿Cómo se integra la irrupción de lo extraordinario (lo que ocurre en la playa) al tono general de la historia? 

TG: De una manera bastante natural. Lo extraordinario nadie lo ve, sólo el protagonista. Los demás solamente empiezan a sospecharlo, pero ahí también aparece lo fantástico: nunca llegan a saber del todo qué fue. Creo que nosotros tampoco lo sabemos del todo. Con Miguel tenemos diferencias respecto a eso: yo creo que pasa una cosa y él cree otra. Es gracioso porque durante la escritura pensábamos que estábamos de acuerdo, después lo hablamos y parecía que sí… pero con la película terminada él tenía una teoría y yo otra. En fin.

MDZ: Más allá de nuestras teorías al respecto, el elemento que habilita la irrupción de lo extraordinario es lo suficientemente fuerte como para permitir un cambio completo de tono.

Es un hecho cabal que inaugura de manera instantánea y sin mayores explicaciones el ingreso de lo fantástico.

¿Qué aspectos del guión consideran que fueron valorados por el jurado del Hainan Island International Film Festival?

MDZ: El premio fue compartido con otra película canadiense, Blue Heron, que, casualmente, también pudimos ver en el festival de Hainan. Creo que comparte algunas características estructurales con Lo que trajo la tormenta, sobre todo si consideramos el quiebre que se produce hacia la mitad del relato. Supongo que, en ese sentido, habrán notado cierta capacidad de la película para abrir constantemente aristas narrativas que se disparan en distintas direcciones, pero buscando siempre conservar un hilo argumental que sostiene la totalidad del film.

¿Qué aprendizajes dejó este proyecto en relación con el trabajo colectivo dentro de La Azotea como productora?

TG: Una vez Mariano Llinás me dijo, comparándolo con un piloto de avión, que hacer películas es como ir sumando millas. Y siento que nosotros estamos un poco en eso.

Con cada película aprendemos más, se consolida el equipo, se arma una troupe de actores con la que nos sentimos cómodos… y creo que también pasa algo natural y bueno, que es que no sólo los elegimos nosotros, sino que ellos también nos eligen.

MDZ: Creo que lo más importante es eso: que, de a poco, se va armando un equipo con el que nos entendemos cada vez más y con el que filmar resulta más fácil, porque compartimos ideas y una misma forma de pensar el cine.

A partir de este primer reconocimiento internacional, ¿qué expectativas tienen respecto de la circulación de la película en otros contextos y públicos?

TG: Es un momento medio raro. No suelo tener expectativas muy altas, porque así, si pasa algo, también me sorprende. Ojalá estas entrevistas sirvan para la película llegue a más gente. Al final, el problema casi siempre es ese: que la noticia circule. Público de cine hay.

MDZ: Generalmente, yo soy el de las expectativas bajas y Tomás el entusiasta. Creo que

en este momento somos dos pesimistas. Por mi parte, estoy intrigado aún por cómo será el encuentro entre el público argentino y la película.

Sobre el estreno en la Argentina en 2026, ¿cómo imaginan ese encuentro  con el público local?

MDZ: A lo largo de las proyecciones en distintas ciudades del mundo, la recepción de la película fue muy buena y diversa. En su estreno en Lisboa, por ejemplo, se me acercó un chico a felicitarme y decirme que se había sentido muy conmovido porque se reconocía en el personaje de Manuel. En Basilea, una mujer argentina a la que habíamos conocido el día anterior a la primera función en esa ciudad, fue a la proyección y terminó completamente emocionada: a través de la película se reencontró con los paisajes costeros que había visitado en su juventud y a los que nunca volvió. Y en Sanya, en China, un grupo de jóvenes siguió la proyección con fascinación, sobre todo por el elemento fantástico que irrumpe hacia la mitad del relato. Por todo eso, el estreno local es un momento que espero especialmente. Por un lado, va a ser el reencuentro de muchas de las personas que formaron parte del proceso con la película ya terminada, y eso seguramente va a ser muy emotivo. Pero también es la oportunidad de compartirla con un público en cuya sensibilidad y calidez confío mucho. Me imagino estas funciones como espacios vivos, atravesados por la charla, el intercambio y la curiosidad. Y eso es, sin dudas, lo que más entusiasmo me genera de este estreno.