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Mardulce Editora presentó en 2025 la primera edición de Vidas en tránsito. Historia íntima del pasaporte, la obra del escritor Lucas Mertehikian que ganó el Premio Estímulo 2020 en la categoría No ficción

Convencida de que la fuga es inminente, Emma Bovary le pregunta a su amante si ya tiene listos los pasaportes. Ese mínimo detalle apenas insinuado en la novela de Gustave Flaubert, alentó —ciento setenta años más tarde— una larga investigación que terminaría dándole forma al libro de Lucas Mertehikian, Vidas en tránsito. Historia íntima del pasaporte, ganadora del Premio Estímulo 2020 en la categoría No Ficción. 

¿Qué significaba, en pleno siglo XIX, “tener los pasaportes”? ¿Cuándo fue que este documento, por todos aceptado, comenzó a regular la circulación de las personas por el planeta? ¿Y cómo llegó a convertirse en una herramienta capaz de certificar identidad, reputación y pertenencia? Mertehikian acababa de instalarse en los Estados Unidos, a comienzos de 2017, justo cuando el país endurecía el acceso a su sistema de visas. Una saga de noticias vinculadas a trámites, permisos y prohibiciones de ingreso al país lo llevó a considerar la importancia de este documento que, además de probar quienes somos, tiene el poder de abrir o cerrar puertas para siempre, recuerda el autor. Entre las noticias, sus propias experiencias migratorias y la relectura del clásico de Flaubert, la pregunta dejó de ser casual y se volvió casi una obsesión.

Un día se descubrió comprando pasaportes antiguos en las plataformas online. Retratos color sepia gastados por el tiempo, papeles con sellos ilegibles y datos mínimos escritos de puño y letra se transformaron en el núcleo de un archivo imaginario de seres extraños cuyas vidas cruzaron alguna vez las fronteras. Esa rica materia prima derivó en un proyecto de investigación histórica que, antes de convertirse en libro, también fue la base de una exhibición. “Fue una conjunción fortuita de algunos eventos y lecturas que sucedieron todas al mismo tiempo, en 2017. Esa mención en una novela del siglo XIX me hizo pensar en la dimensión histórica de esa pregunta “¿tenés los pasaportes?”. A principios de ese año hubo muchos cambios y algunas prohibiciones en el sistema de Visas de los Estados Unidos. Yo había llegado al país hacía poco y estaba muy atento al tema, sin darme cuenta. Esos hechos empezaron con la obsesión que el libro relata, la investigación, pero también fue una excusa para analizar algunos episodios de mi vida que hasta ese momento no había pensado” agrega el autor del libro editado por Mardulce en octubre de 2025.

¿Cómo fue el proceso de búsqueda de los documentos?

Empecé con la literatura: leyendo Madame Bovary para un seminario al comienzo de mi doctorado. En ese momento no pensé que la búsqueda tenía necesariamente que terminar en un libro, ni siquiera en un artículo, pero sí me dio mucha curiosidad saber cuál era la historia de ese pedazo de papel que buscaba Emma y que me había permitido a mí, hacía poco, llegar a los Estados Unidos. El pasaporte es el menos cotidiano de los documentos burocráticos. Fui a las bibliotecas de la universidad y ahí encontré pasaportes de personas cuyos papeles se habían conservado, después seguí por archivos personales perdidos, en plataformas tipo eBay en las que fui encontrando pasaportes de extraños que, como la mayoría de nosotros, no habían terminado en la biblioteca. Su existencia de alguna manera había quedado registrada en esos documentos, pero de manera fragmentaria: había que imaginar un poco más sobre sus vidas.

¿Cómo elegiste esas historias, qué elementos sirvieron de pista para reconstruirlas?

Me llamaron la atención las historias de vida en las que los pasaportes jugaban un lugar importante. Por ejemplo, el de George Francis Train, el hombre que decía haber inspirado La vuelta al mundo en 80 días, para mí encajaba muy bien. Leyendo sus memorias me encontré con una personalidad extravagante: el suyo era un pasaporte del siglo XIX con muchos sellos y protegido con una libreta de cuero, en un momento del mundo en que nadie viajaba tanto. Lo mismo con el de George Balanchine, el fundador del New York City Ballet, que tenía siempre un aspecto muy cuidado en sus fotos. En su biografía descubrí que destacaba por su cuidada imagen pública, y leyendo comentarios de otras personas advertí esa especie de obsesión por entender su propia vida como un relato. Después, a medida que fui comprando pasaportes en Ebay, la selección tuvo mucho que ver con un interés más o menos arbitrario según me despertaban alguna inquietud. Por ejemplo, antes de hacer un viaje a Italia compré, un poco al azar, el de una mujer italiana, entonces se fueron cruzando esas historias del archivo con mi propia vida.

¿Qué curiosidades te sorprendieron de este documento?

El proceso de escritura y reescritura del libro fue para editar la cantidad infinita de curiosidades. Obviamente, no todas esas curiosidades armaban un relato, pero sí me parecían significativas hasta bordear la obsesión. Por ejemplo, en los pasaportes de la década del cuarenta y el cincuenta, las mujeres aparecían como acompañantes de sus maridos, el pasaporte no era de ellas sino de ellos. Eso hacía eco con el testimonio de Madame Bovary. También fue interesante comprobar cómo algunos datos aparecían y desaparecían, por ejemplo el sexo. Al principio no estaba en los pasaportes porque se suponía que el que viajaba era hombre. Otras rarezas eran los sellos: algunos eran bastante estándar, pero había otros que decían cuánto tiempo está autorizada esa persona a quedarse, algo que todavía se hace hoy pero verlo en pasaportes viejos abrió más preguntas sobre qué habría hecho esa persona en esos días, cómo habría sido su viaje. También había algunos pasaportes viejos en los que las fotografías no eran profesionales, sino recortadas de otras fotos personales. Sobre todo eso se podría escribir varios libros.

¿Cuáles aspectos de cada pasaporte sirvieron como disparador para las historias?

Eso fue cambiando según el que tenía a mano, y creo que también eso definió un poco cuáles entraron en el libro y cuáles no. Otro ejemplo que está en el libro: compré un pasaporte de un matrimonio norteamericano de la década del cincuenta que tenía un solo viaje a Italia registrado. Entonces, el hecho de que fuera el único viaje internacional de sus vidas daba espacio para imaginar, como si todas las páginas que quedaban en blanco en el pasaporte se pudieran llenar con un relato ficticio sobre cómo esas dos personas se habían conocido, sobre su vida juntos, qué habría pasado en ese viaje Italia que hizo que guardaran el pasaporte muchos años, hasta llegar a mí, casi setenta años después.

¿Conclusiones acerca de la significación de este documento y su circulación legal?

La investigación demostró que el pasaporte es un instrumento bastante estable, aunque las tecnologías de identificación hayan ido cambiando, desde una lista de características personales sin foto -así eran en el siglo XIX- hasta datos biométricos hoy, el objeto que funciona de soporte de esos datos sigue siendo un librito de papel. Hay un cruce interesante entre entre el desarrollo de tecnologías nuevas y la permanencia de una tecnología bastante estable y casi anacrónica. Y eso tiene una interesante coincidencia con los libros; los libros, como los pasaportes, también son anticuados y modernos. Y los dos cuentan historias.

Respecto de la escritura ¿cómo definirías el proceso?

El libro tuvo un largo proceso de reescritura, y los distintos procesos de edición lo cambiaron bastante, y para bien, en el sentido de que condensaron mejor cuál era la historia que yo quería contar, pero también encontré una historia sobre mí mismo y mi relación con estos documentos. El proceso empezó en 2017 con la investigación para una exhibición en Harvard sobre pasaportes de la que fui co-curador junto con Rodrigo del Río. En ese momento, el tema estaba en las noticias en Estados Unidos. Después, mientras lo reescribía en la pandemia se habló sobre pasaportes sanitarios, sobre certificados de vacunación que viajaran con los pasaportes después también en un momento en Argentina. Aparecieron por casualidad varios temas de actualidad sobre pasaportes; el más reciente fue sobre esa partida de pasaportes fallados que hizo que varias personas tuvieran problemas para viajar o para volver cuando ya habían salido de Argentina. Obviamente los distintos procesos de migración forzada en el mundo también lo ponen en escena. Ahora tengo una alarma inconsciente que suena cuando aparece alguna noticia más o menos importante que ponen a los pasaporte en los diarios.

¿Qué significó el reconocimiento de Proa en lo personal?

Fue un incentivo muy grande, además de tener tiempo para escribir la mayor parte del proyecto, los jurados del premio fueron los primeros lectores del manuscrito, los primeros comentarios sobre la obra, así que fue un empujón muy importante. También me ayudó a encontrarle hogar al libro, que se publicó hace pocos meses, en Mardulce, una editorial de la que siempre fui lector, así que me puso muy contento que María Zorraquín tomara la edición del proyecto. 

¿En qué estás trabajando ahora? 

Ahora estoy escribiendo un libro sobre plantas y jardines que, como Vidas en tránsito, tiene algo de ensayo, ficción y autobiografía. Empezó con un proceso similar, con una fascinación primero en el archivo (en un herbario) y después en el mundo exterior con el universo de las plantas, que me hizo también mirar algunos episodios de mi propia vida y de la vida de otras personas cercanas a través de ese lente botánico.